Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Quién es? —gritó el erudito en el tono amable de un dogo hambriento al que molestan mientras roe un hueso.
Una voz respondió desde fuera:
—Vuestro amigo Jacques Coictier.
El arcediano fue a abrir.
Era, efectivamente, el médico del rey, un personaje de unos cincuenta años, cuya fisonomÃa dura solo estaba corregida por una mirada astuta. Otro hombre lo acompañaba. Los dos llevaban una larga túnica de color pizarra forrada de petigrÃs, cerrada y ceñida con cinturón, y un gorro de la misma tela y del mismo color. Sus manos desaparecÃan bajo las mangas, sus pies bajo las túnicas y sus ojos bajo los gorros.
—¡Dios me asista, miceres! —dijo el arcediano invitándolos a pasar—. No me esperaba tan honorable visita a estas horas.
Y mientras hablaba con esta cortesÃa, paseaba una mirada inquieta y escrutadora del médico a su compañero y viceversa.
—Nunca es demasiado tarde para visitar a un sabio tan considerable como don Claude Frollo de Tirechappe —contestó el doctor Coictier, cuyo acento del Franco Condado le hacÃa arrastrar todas las frases con la majestad de un vestido de cola.