Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La fama de don Claude había llegado muy lejos. Aproximadamente en la época en que se negó a ver a la señora de Beaujeu, le valió una visita cuyo recuerdo conservó durante mucho tiempo.
Fue una noche. Acababa de retirarse, después del oficio, a su celda canónica del claustro de Notre-Dame. Esta, exceptuando quizá unas redomas de cristal relegadas a un rincón y llenas de un polvo bastante sospechoso que presentaba un gran parecido con el polvo de proyección, no presentaba nada extraño ni misterioso. Había, eso sí, algunas inscripciones en las paredes, pero eran simples sentencias científicas o piadosas extraídas de buenos autores. El arcediano acababa de sentarse, a la luz de una lámpara de cobre de tres boquillas, ante un enorme arcón repleto de manuscritos. Había apoyado un codo en el libro, abierto, de Honorio de Autun, De praedestinatione et libero arbitrio, y hojeaba sumido en una profunda reflexión un infolio impreso que acababa de llevar a la celda, el único producto de la imprenta que esta contenía. Seguía en plena meditación cuando llamaron a la puerta.