Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ay, don Claude! Todas esas obras me cuestan muy caras. A medida que la casa avanza, yo me arruino.
—¡Bah! ¿No tenéis los ingresos de la prisión y del bailiazgo del Palacio, y la renta de todas las casas, los tornos, las cabañas y los puestos del cercado? ¡Eso es ordeñar una buena vaca!
—Mi castellanÃa de Poissy no me ha reportado nada este año.
—Pero vuestros peajes de Triel, de Saint-James y de Saint-Germain-en-Laye siguen siendo buenos.
—Ciento veinte libras, y ni siquiera parisienses.
—Tenéis también el cargo de consejero del rey. Y eso es fijo.
—SÃ, hermano Claude, pero ese maldito señorÃo de Poligny, del que tanto se habla, no me da más de sesenta escudos de oro por término medio.
HabÃa en los cumplidos que don Claude dirigÃa a Jacques Coictier ese tono sarcástico, agrio y solapadamente burlón, esa sonrisa triste y cruel de un hombre superior y desgraciado que juega un rato por distracción con la sólida prosperidad de un hombre vulgar. El otro, sin embargo, no se daba cuenta.
—¡Por mi honor! —dijo finalmente Claude, estrechándole la mano—. Celebro veros con tan buena salud.
—Gracias, don Claude.
—Por cierto, ¿cómo se encuentra vuestro real enfermo? —preguntó Claude.