Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —No paga lo suficiente a su médico —respondió el doctor, mirando de reojo a su compañero.
—¿Eso creéis, compadre Coictier? —dijo este último.
Estas palabras, pronunciadas en un tono de sorpresa y reproche, trasladaron hacia ese personaje desconocido la atención del arcediano, quien, a decir verdad, no habÃa apartado un solo momento los ojos de él desde que habÃa cruzado el umbral de la celda. Es más, de no haber sido por las mil razones que tenÃa para tratar con consideración al doctor Jacques Coictier, el todopoderoso médico del rey Luis XI, no lo habrÃa recibido acompañado. Asà pues, la expresión de su semblante no fue nada cordial cuando Jacques Coictier le dijo:
—Por cierto, don Claude, os traigo a un amigo que querÃa conoceros por vuestra reputación.
—¿El señor se dedica a la ciencia? —preguntó el arcediano, clavando en el compañero de Coictier su mirada penetrante.
Bajo las cejas del desconocido encontró una mirada no menos penetrante y desafiante que la suya.