Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Era, a juzgar por lo que la débil claridad de la lámpara permitía ver, un anciano de unos sesenta años, de mediana estatura, que parecía bastante enfermo y achacoso. Su perfil, aunque de líneas muy burguesas, tenía algo que le daba un aspecto poderoso y severo; sus ojos brillaban bajo un arco ciliar muy profundo, como una luz al fondo de una gruta; y bajo el gorro que le caía sobre la nariz, se percibía una ancha frente de genio.
Él mismo se encargó de contestar a la pregunta del arcediano.
—Reverendo maestro —dijo con una voz grave—, vuestra fama ha llegado hasta mí y he querido consultaros. No soy más que un pobre hidalgo de provincias que se quita los zapatos antes de entrar en casa de los sabios. Debo presentarme. Soy el compadre Tourangeau.[64]