Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París «¡Singular nombre para un hidalgo!», pensó el arcediano. Sin embargo, se sentía ante algo fuerte y serio. El instinto de su elevada inteligencia le permitía intuir una no menos elevada inteligencia bajo el gorro forrado de piel del compadre Tourangeau; y observando aquel semblante serio, el rictus irónico que la presencia de Jacques Coictier había hecho surgir en su rostro sombrío se desvaneció poco a poco como el crepúsculo en un horizonte nocturno. Se había vuelto a sentar, taciturno y silencioso, en su gran sillón, su codo había ocupado de nuevo su lugar acostumbrado sobre la mesa, y su frente sobre su mano. Tras un momento de reflexión, indicó a los dos visitantes que se sentaran y dirigió la palabra al compadre Tourangeau.
—¿Y sobre qué ciencia venís a consultarme, maese?
—Reverendo —respondió el compadre Tourangeau—, estoy enfermo, muy enfermo. Se os tiene por un gran Esculapio y he venido a pediros un consejo de medicina.
—¡De medicina! —dijo el arcediano moviendo la cabeza. Pareció recogerse un instante y prosiguió—: Compadre Tourangeau, puesto que ese es vuestro nombre, volved la cabeza. Encontraréis mi respuesta escrita en la pared.
El compadre Tourangeau obedeció y leyó por encima de su cabeza esta inscripción grabada en la pared: «La medicina es hija de los sueños. – JÁMBLICO».