Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El doctor Jacques Coictier habÃa escuchado la pregunta de su compañero con un despecho que la respuesta de don Claude habÃa redoblado. Se inclinó hacia el compadre Tourangeau y le dijo al oÃdo, lo suficientemente bajo para que no lo oyera el arcediano:
—Ya os habÃa advertido que era un loco. ¡Pero aun asà habéis insistido en conocerlo!
—¡Es que podrÃa muy bien ser que este loco tuviera razón, doctor Jacques! —repuso el compadre en el mismo tono, con una sonrisa amarga.
—¡Como gustéis! —replicó secamente Coictier—. Despacháis el trabajo deprisa, don Claude —añadió, dirigiéndose al arcediano—, y os intimida menos Hipócrates que un cacahuete a un mono. ¡La medicina un sueño! Dudo que los farmacopolas y los alfaquines se abstuvieran de lapidaros si estuvieran aquÃ. ¡O sea que negáis la influencia de los filtros en la sangre, de los ungüentos en la carne! ¡Negáis esa eterna farmacia de flores y de metales que llamamos mundo, hecha expresamente para ese eterno enfermo que llamamos hombre!
—Yo no niego ni la farmacia ni al enfermo —dijo con frialdad don Claude—. Yo niego al médico.