Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡O sea, que no es verdad que la gota sea un herpes interno —prosiguió Coictier con vehemencia—, que se cure una herida de artillerÃa mediante la aplicación de un ratón asado, que una sangre joven convenientemente transfundida devuelva la juventud a unas venas viejas! ¡No es verdad que dos y dos son cuatro y que el emprostótonos sucede al opistótonos!
—Hay ciertas cosas sobre las que pienso de cierta forma —repuso el arcediano sin inmutarse.
Coictier se puso rojo de cólera.
—Vamos, vamos, mi buen Coictier, no nos enfademos —dijo el compadre Tourangeau—, el señor arcediano es nuestro amigo.
Coictier se calmó mascullando entre dientes:
—¡Después de todo, es un loco!
—¡Pascua de Dios, maestro Claude! —prosiguió el compadre Tourangeau tras un momento de silencio—, lo que decÃs me disgusta sobremanera. Yo tenÃa dos consultas que haceros, una referente a mi salud y otra referente a mi estrella.
—Señor —contestó el arcediano—, si eso es lo que pensáis, habrÃais hecho bien en no cansaros subiendo los peldaños de mi escalera. Yo no creo en la medicina. Y tampoco creo en la astrologÃa.
—¿De verdad? —dijo el compadre, sorprendido.