Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Escuchad, micer Jacques, digo esto de buena fe. Yo no soy médico del rey, y su majestad no me ha dado el jardÃn Dédalo para que observe desde allà las constelaciones… No os enfadéis y escuchadme. ¿Qué verdad habéis sacado, no digo de la medicina, que es cosa demencial por demás, sino de la astrologÃa? Citadme las virtudes del bustrófedon vertical, los hallazgos del número ziruph y del número sefirot.
—¿Negáis acaso —dijo Coictier— la fuerza simpática de la clavÃcula y que la cábala deriva de ella?
—¡Error, micer Jacques! Ninguna de vuestras fórmulas desemboca en la realidad, mientras que la alquimia tiene sus descubrimientos. ¿Discutiréis resultados como estos? El hielo aislado bajo tierra durante mil años se transforma en cristal de roca. El plomo es el antepasado de todos los metales, pues el oro no es un metal, el oro es la luz. El plomo solo necesita cuatro perÃodos de doscientos años cada uno para pasar sucesivamente del estado de plomo al estado de arsénico rojo, del arsénico rojo al estaño, y del estaño a la plata. Todo esto son hechos. Pero creer en la clavÃcula, en la lÃnea plena y en las estrellas es tan ridÃculo como creer, con los habitantes de Cathay, que la oropéndola se transforma en topo y los granos de trigo en peces del género Cyprinus.
—Yo he estudiado la hermética —exclamó Coictier— y afirmo…