Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —No —contestó el arcediano asiendo del brazo al compadre Tourangeau, y un destello de entusiasmo se encendió en sus pupilas sin brillo—.Yo no niego la ciencia. No me he arrastrado durante tanto tiempo boca abajo y clavando las uñas en la tierra a través de las interminables ramificaciones de la caverna sin distinguir a lo lejos, delante de mÃ, al final de la oscura galerÃa, una luz, una llama, algo, sin duda el reflejo del deslumbrante laboratorio central donde los pacientes y los sensatos han encontrado a Dios.
—Y bien —lo interrumpió Tourangeau—, ¿qué tenéis vos por verdadero e indudable?
—La alquimia.
—¡Pardiós, don Claude! —exclamó Coictier—. La alquimia tiene sin duda su razón de ser, pero ¿por qué renegar de la medicina y la astrologÃa?
—¡El vacÃo, eso es vuestra ciencia del hombre! ¡El vacÃo, eso es vuestra ciencia del cielo! —dijo el arcediano con autoridad.
—Afirmar tal cosa es borrar de un plumazo a Epidauro y Caldea —replicó el médico, riendo con sarcasmo.