Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs El vehemente arcediano no lo dejó terminar.
—Y yo he estudiado la medicina, la astrologÃa y la hermética. Solo aquà está la verdad —dijo después de haber cogido de encima del arcón una redoma llena de ese polvo del que hablamos antes—. ¡Solo aquà está la luz! Hipócrates es un sueño, Urania es un sueño, Hermes es un pensamiento. El oro es el sol; hacer oro es ser Dios. Esa es la única ciencia. ¡Os digo que he penetrado la medicina y la astrologÃa! El vacÃo, el vacÃo… ¡El cuerpo humano, tinieblas! ¡Los astros, tinieblas!
Y se dejó caer en el sillón adoptando una actitud poderosa e inspirada. El compadre Tourangeau lo observaba en silencio. Coictier se esforzaba en reÃr con sarcasmo, se encogÃa imperceptiblemente de hombros y repetÃa en voz baja:
—¡Un loco!
—Y el objetivo mirÃfico —dijo de pronto Tourangeau—, ¿lo habéis alcanzado? ¿Habéis hecho oro?
—Si lo hubiera hecho —respondió el arcediano articulando lentamente sus palabras, como un hombre que está reflexionando—, el rey de Francia se llamarÃa Claude y no Luis.
El compadre frunció el entrecejo.