Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—¿Qué estoy diciendo? —prosiguió don Claude con una sonrisa de desdén—. ¿Qué me importaría el trono de Francia, cuando podría reconstruir el imperio de Oriente?

—¡Magnífico! —dijo el compadre.

—¡Pobre loco! —murmuró Coictier.

El arcediano prosiguió, aunque daba la impresión de no responder sino a sus pensamientos.

—Pero no, todavía me arrastro; me despellejo la cara y las rodillas con las piedras del camino subterráneo. ¡Entreveo, no contemplo! ¡No leo, deletreo!

—Y cuando sepáis leer, ¿haréis oro? —preguntó el compadre.

—¡Sin duda alguna! —dijo el arcediano.

—En ese caso, Nuestra Señora sabe que tengo una gran necesidad de dinero, y me encantaría aprender a leer en vuestros libros. Decidme, reverendo maestro, ¿vuestra ciencia no es contraria ni desagrada a Nuestra Señora?

A esta pregunta del compadre, don Claude se limitó a responder con una tranquila altanería:

—¿De quién soy arcediano?

—Eso es verdad, maestro. Y bien, ¿accederíais a iniciarme? Hacedme deletrear con vos.

Claude adoptó la actitud majestuosa y pontifical de un Samuel.


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