Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Anciano, se necesitan más años de los que os quedan para emprender ese viaje a través de las cosas misteriosas. ¡Vuestra cabeza está muy gris! Solo se sale de la caverna con cabellos blancos, pero es preciso entrar en ella cuando aún son negros. La ciencia sabe muy bien surcar, marchitar y apergaminar ella sola los rostros humanos; no necesita que la vejez le lleve caras totalmente arrugadas. Si, no obstante, os domina el deseo de imponeros disciplina a vuestra edad y de descifrar el temible alfabeto de los sabios, acudid a mÃ, de acuerdo, lo intentaré. No os diré, pobre viejo, que vayáis a visitar las cámaras mortuorias de las pirámides de las que habla el antiguo Heródoto, ni la torre de ladrillos de Babilonia, ni el inmenso santuario de mármol blanco del templo indio de Eklinga. No he visto yo más que vos las edificaciones caldeas construidas según la forma sagrada del Sikra, ni el templo de Salomón, que está destruido, ni las puertas de piedra del sepulcro de los reyes de Israel, que están rotas. Nos conformaremos con los fragmentos del libro de Hermes que tenemos aquÃ. Os explicaré la estatua de san Cristóbal, el sÃmbolo del Sembrador y el de los dos ángeles que están en el pórtico de la Santa Capilla, uno de los cuales tiene la mano dentro de un jarrón y el otro dentro de una nube…
Jacques Coictier, a quien las réplicas vehementes del arcediano habÃan desconcertado, reaccionó en ese momento interrumpiéndolo en el tono triunfal de un erudito que rectifica a otro: