Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Erras, amice Claudi.[65] El sÃmbolo no es el número. ConfundÃs a Orfeo con Hermes.
—Sois vos quien yerra —replicó gravemente el arcediano—. Dédalo pone los cimientos; Orfeo es la muralla; Hermes es el edificio. Es el todo. Venid cuando os plazca —prosiguió, volviéndose hacia Tourangeau—, os mostraré las partÃculas de oro que han quedado en el fondo del crisol de Nicolas Flamel y las compararéis con el oro de Guillermo de ParÃs. Os enseñaré también las virtudes secretas de la palabra griega peristera. Pero ante todo os haré leer una tras otra las letras de mármol del alfabeto, las páginas de granito del libro. Iremos del pórtico del obispo Guillermo y de Saint-Jean-le-Rond a la Santa Capilla y luego a la casa de Nicolas Flamel, en la calle Marivault, a su tumba, que está en los Santos Inocentes, a sus dos hospitales de la calle Montmorency. Os haré leer los jeroglÃficos que cubren los cuatro grandes morillos de hierro del pórtico del hospital Saint-Gervais y de la calle Ferronnerie. Deletrearemos juntos las fachadas de Saint-Côme, de Sainte-Geneviève-des-Ardents, de Saint-Martin, de Saint-Jacques-de-la-Boucherie…
HacÃa ya largo rato que Tourangeau, por inteligente que fuese su mirada, parecÃa haber dejado de comprender a don Claude.
—¡Pascua de Dios! —lo interrumpió—. ¿Cuáles son, pues, vuestros libros?