Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Vos lo habéis dicho —respondió Claude, que parecÃa absorto en una profunda meditación y permanecÃa de pie, apoyando el Ãndice doblado en el infolio salido de las famosas prensas de Núremberg. Luego añadió estas palabras misteriosas—: ¡Ay, ay! Las pequeñas cosas acaban con las grandes; un diente triunfa sobre una masa. La rata del Nilo mata al cocodrilo, el pez espada mata a la ballena, ¡el libro matará al edificio!
El toque de queda del claustro sonó cuando el doctor Jacques repetÃa en voz muy baja a su compañero su eterna cantinela:
—¡Está loco!
A lo que el compañero contestó esta vez:
—Creo que sÃ.
Era la hora en que ningún extraño podÃa permanecer en el claustro. Los dos visitantes se retiraron.
—Maestro —dijo el compadre Tourangeau al despedirse del arcediano—, aprecio a los eruditos y a los grandes espÃritus, y os tengo en singular estima. Venid mañana al palacio de las Tournelles y preguntad por el abad de Saint-Martin de Tours.