Nuestra Señora de París

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Finalmente hicieron libros. Las tradiciones habían engendrado símbolos, bajo los cuales desaparecían como el tronco de un árbol bajo su follaje; todos esos símbolos, en los que la humanidad tenía fe, iban creciendo, multiplicándose, cruzándose, complicándose cada vez más; los primeros monumentos ya no eran suficientes para contenerlos; estaban desbordados por todas partes; aquellos monumentos apenas seguían expresando la tradición primitiva, sencilla, desnuda y tendida en el suelo, como ellos. El símbolo necesitaba extenderse por el edificio. La arquitectura se desarrolló entonces con el pensamiento humano; se convirtió en un gigante de mil cabezas y mil brazos, y fijó bajo una forma eterna, visible, palpable, todo ese simbolismo flotante. Mientras que Dédalo, que es la fuerza, medía, mientras que Orfeo, que es la inteligencia, cantaba, el pilar, que es una letra, el arco, que es una sílaba, la pirámide, que es una palabra, puestos en movimiento a la vez por una ley de la geometría y por una ley de la poesía, se agrupaban, se combinaban, se amalgamaban, bajaban, subían, se yuxtaponían sobre el suelo, se escalonaban en el cielo, hasta que hubieron escrito, bajo el dictado de la idea general de una época, esos libros maravillosos que eran también maravillosos edificios: la pagoda de Eklinga, el Rhamseion de Egipto y el templo de Salomón.



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