Nuestra Señora de París

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La idea madre, el verbo, no estaba solo en el fondo de todos esos edificios, sino también en la forma. El templo de Salomón, por ejemplo, no era simplemente la encuadernación del libro sagrado, era él mismo el libro sagrado. En cada uno de sus cercos concéntricos, los sacerdotes podían leer el verbo traducido y manifestado a los ojos, y de este modo seguían sus transformaciones de santuario en santuario hasta que lo alcanzaban en el último tabernáculo en su forma más concreta, que era de nuevo arquitectura: el arca. El verbo estaba, así, encerrado en el edificio, pero su imagen estaba en su envoltura como el rostro humano en el féretro de una momia.

Y no solo la forma de los edificios, sino también el emplazamiento que escogían, revelaba el pensamiento que representaban. Según fuera el símbolo que había que expresar gracioso o sombrío, Grecia coronaba sus montañas con un templo armonioso a la vista y la India perforaba las suyas para cincelar en ellas esas deformes pagodas subterráneas, sostenidas por gigantescas hileras de elefantes de granito.

Así pues, durante los seis mil primeros años del mundo, desde la pagoda más inmemorial del Indostán hasta la catedral de Colonia, la arquitectura ha sido la gran escritura del género humano. Y ello es tan cierto que no solo todo símbolo religioso, sino incluso todo pensamiento humano, tiene su página en este libro inmenso y su monumento.


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