Nuestra Señora de París

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Sin embargo, cuando el sol de la Edad Media se ha puesto del todo, cuando el genio gótico se ha extinguido para siempre en el horizonte del arte, la arquitectura va perdiendo cada vez más brillo, color, protagonismo. El libro impreso, ese gusano que corroe el edificio, la succiona y la devora. La arquitectura se despelleja, se deshoja, adelgaza a ojos vistas. Es mezquina, es pobre, es nula. Ya no expresa nada, ni siquiera el recuerdo del arte de otra época. Reducida a sí misma, abandonada por las otras artes porque el pensamiento humano la abandona, recurre a artesanos a falta de artistas. El cristal sustituye a la vidriera. El cantero sucede al escultor. Adiós a toda savia, a toda originalidad, a toda vida, a toda inteligencia. Se arrastra, lamentable mendiga de taller, de copia en copia. Miguel Ángel, que desde el siglo XVI sin duda la sentía morir, había tenido una última idea, una idea desesperada. Ese titán del arte había amontonado el Panteón sobre el Partenón y había hecho San Pedro de Roma. Gran obra que merecía ser única, última originalidad de la arquitectura, firma de un artista gigante al pie del colosal registro de piedra que se cerraba. Muerto Miguel Ángel, ¿qué hace aquella miserable arquitectura que se sobrevivía a sí misma en estado de espectro y de sombra? Coge San Pedro de Roma y lo calca, y lo parodia. Es una manía. Es lastimoso. Cada siglo tiene su San Pedro de Roma: en el XVII, el Val-de-Grâce; en el XVIII, Sainte-Geneviève. Cada país tiene su San Pedro de Roma. Londres tiene el suyo. San Petersburgo también lo tiene. París tiene dos o tres. Insignificante testamento, último desatino de un gran arte decrépito que vuelve a la infancia antes de morir.


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