Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Si, en lugar de monumentos característicos como estos de los que acabamos de hablar, examinamos el aspecto general del arte desde el siglo XVI hasta el XVIII, observamos los mismos fenómenos de declive y de deterioro. A partir de Francisco II, la forma arquitectónica del edificio desaparece cada vez más y deja sobresalir la forma geométrica, como la estructura huesuda de un enfermo enflaquecido. Las bellas líneas del arte dejan paso a las frías e inexorables líneas del geómetra. Un edificio ya no es un edificio, es un poliedro. La arquitectura, sin embargo, se tortura para ocultar esa desnudez. Ahí está el frontón griego que se inscribe en el frontón romano y a la inversa. Sigue siendo el Panteón en el Partenón, San Pedro de Roma. Ahí están las casas de ladrillo con esquinas de piedra de Enrique IV, la plaza Royale y la plaza Dauphine. Ahí están las iglesias de Luis XIII, pesadas, achaparradas, rebajadas, rechonchas, con una cúpula que recuerda una joroba. Ahí está la arquitectura mazarina, el horrible pastiche italiano de las Cuatro Naciones. Ahí están los palacios de Luis XIV, largos cuarteles para cortesanos, rígidos, glaciales, aburridos. Ahí está, por último, Luis XV, con sus escarolas y sus fideos, y todas las verrugas y todos los hongos que desfiguran esa vieja arquitectura caduca, desdentada y coqueta. De Francisco II a Luis XV, el mal se ha incrementado en progresión geométrica. El arte ha quedado reducido a piel y huesos. Agoniza miserablemente.


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