Nuestra Señora de París

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Con toda certeza se precisaba nada menos que la intervención de Júpiter para salvar a los cuatro desdichados alguaciles del baile del palacio. Si tuviéramos la dicha de haber inventado esta muy verídica historia, y por consiguiente de ser responsables de ella ante Nuestra Señora la Crítica, no se podría invocar en este momento contra nosotros el precepto clásico: Nec deus intersit.[14] Por lo demás, el traje de Júpiter era muy bonito y había contribuido no poco a calmar al gentío atrayendo toda su atención. Júpiter vestía una brigantina cubierta de terciopelo negro con clavos dorados, iba tocado con un bicoquete guarnecido de botones de plata dorada, y, de no ser por el maquillaje y la espesa barba que cubrían cada cual una mitad de su cara, de no ser por el rollo de cartón dorado, cuajado de pedrería y cargado de tiras de oropel, que llevaba en la mano y que una mirada experta identificaba fácilmente como el rayo, de no ser por sus pies de color carne y adornados con cintas al estilo griego, habría podido aguantar la comparación, dada la severidad de su atuendo, con un arquero bretón del cuerpo de guardia del señor de Berry.





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