Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Sin embargo, mientras hablaba, la satisfacción y la admiración unánimemente suscitadas por su traje iban desvaneciéndose, y cuando llegó a aquella malhadada conclusión: «En cuanto el eminentÃsimo cardenal haya llegado, empezaremos», su voz se perdió en una tormenta de abucheos.
—¡Empezad ya! ¡El misterio! ¡Queremos el misterio ya! —gritaba el pueblo.
Y por encima de todas las voces se oÃa la de Johannes de Molendino, que traspasaba el griterÃo como el pÃfano en una cencerrada de Niza.
—¡Empezad inmediatamente! —chillaba el estudiante.
—¡Abajo Júpiter y el cardenal de Borbón! —vociferaban Robin Poussepain y los otros letrados encaramados en la ventana.
—¡Que empiece inmediatamente la moralidad! —repetÃa la muchedumbre—. ¡Ya! ¡En el acto! ¡El saco y la cuerda para los cómicos y el cardenal!
El pobre Júpiter, azorado, amedrentado, pálido bajo el maquillaje, dejó caer el rayo, se quitó el bicoquete, y con él en la mano balbucÃa, saludando y temblando: