Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Su eminencia… los embajadores… Margarita de Flandes…

No sabía qué decir. En el fondo, tenía miedo de que lo colgaran.

De que lo colgara el populacho por esperar, o de que lo colgara el cardenal por no haber esperado; en los dos lados veía un abismo, es decir, una horca.

Afortunadamente, alguien fue a sacarlo del apuro y a asumir la responsabilidad.

Un individuo que permanecía de pie en el lado de acá de la balaustrada, en el espacio dejado libre alrededor de la mesa de mármol, y en quien hasta ese momento nadie había reparado, tan completamente protegida de todo campo visual quedaba su larga y delgada figura por el diámetro del pilar en el que estaba apoyado, ese individuo, decimos, alto, enjuto, muy pálido, rubio, joven todavía, si bien con arrugas ya en la frente y en las mejillas, de ojos brillantes y boca sonriente, vestido de sarga negra, raída y lustrosa a fuerza de vieja, se acercó a la mesa de mármol e hizo una seña al pobre increpado. Pero este, aturdido, no lo veía.

El recién llegado dio un paso más:

—¡Júpiter! —dijo—. ¡Mi querido Júpiter!

El otro no oía nada.

Finalmente, el hombre alto y rubio, perdiendo la paciencia, le gritó casi delante de las narices:


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