Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Esta salida no era la más indicada para detener la explosión de alegrÃa general. Les pareció a todos tan incongruente y absurda que la risa descontrolada se les contagió hasta a los alguaciles del Parloir-aux-Bourgeois, una especie de valets de picas en los que la estupidez iba de uniforme. Quasimodo fue el único que no perdió la seriedad por la sencilla razón de que no comprendÃa nada de lo que sucedÃa a su alrededor. El juez, cada vez más irritado, creyó que debÃa continuar en el mismo tono, con la esperanza de infundir asà en el acusado un terror que influirÃa en los presentes y les harÃa recuperar una actitud respetuosa.
—¡O sea, hombre perverso y rapiñador, que os permitÃs faltar al auditor del Châtelet, al magistrado que está al frente de la policÃa popular de ParÃs, encargado de investigar los crÃmenes, delitos y altercados, de controlar todos los oficios y prohibir el monopolio, de mantener los empedrados, de impedir la actividad de los regatones de volaterÃa y salvajina, de hacer medir la leña y otros tipos de madera, de limpiar la ciudad de barro y el aire de enfermedades contagiosas, en una palabra, de ocuparse continuamente de los asuntos públicos sin gajes ni esperanzas de salario! ¿Sabéis que soy Florian Barbedienne, lugarteniente del señor preboste, además de comisario, investigador, controlador y examinador con igual poder en prebostazgo, bailiazgo, registro y tribunal?