Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París No hay ninguna razón para que un sordo que le habla a otro sordo se detenga. Sabe Dios dónde y cuándo habría bajado a la tierra maese Florian, lanzado sin freno por la alta elocuencia, si la puerta baja del fondo no se hubiera abierto de repente para dar paso al señor preboste en persona.
Al entrar este, maese Florian no se quedó cortado, sino que, girando sobre sus talones y dirigiendo bruscamente hacia el preboste la arenga con la que fulminaba a Quasimodo un momento antes, dijo:
—Monseñor, requiero la pena que os plazca contra el acusado aquí presente, por grave y mirífico desacato a la justicia.
Y se sentó, jadeante, secándose gruesas gotas de sudor que resbalaban por su frente y mojaban como lágrimas los pergaminos extendidos ante él. Micer Robert d’Estouteville frunció el entrecejo y le hizo a Quasimodo un gesto de amonestación tan imperioso y significativo que el sordo lo comprendió en parte.
El preboste le dirigió la palabra con severidad:
—¿Qué has hecho para estar aquí, malandrín?
El pobre diablo, suponiendo que el preboste le preguntaba su nombre, rompió el silencio que guardaba habitualmente y respondió con una voz ronca y gutural:
—Quasimodo.