Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La respuesta casaba tan poco con la pregunta que la risa descontrolada empezó de nuevo a circular y micer Robert gritó, rojo de ira:
—¿También te burlas de mÃ, sinvergüenza redomado?
—Campanero de Notre-Dame —respondió Quasimodo, creyendo que el juez le preguntaba cuál era su oficio.
—¡Campanero! —dijo el preboste, que se habÃa despertado aquella mañana de bastante mal humor, como hemos dicho, para que su furia no necesitara ser atizada por tan extrañas respuestas—. ¡Campanero! Voy a hacer que te den un repique de verdascas en la espalda por las calles de ParÃs. ¿Me oyes, bribón?
—Si es mi edad lo que queréis saber —dijo Quasimodo—, creo que cumpliré veinte años el dÃa de San MartÃn.
Aquello era ya demasiado; el preboste no pudo contenerse.
—¡Ah, miserable, te mofas del preboste! Señores alguaciles de vara, vais a llevar a este bribón a la picota de la Grève, a azotarlo y a darle vueltas durante una hora. ¡Me las va a pagar, voto a Dios! Y quiero que se haga un pregón de la presente sentencia, con asistencia de cuatro trompetas-jurados, en las siete castellanÃas del vizcondado de ParÃs.
El escribano se puso a redactar la sentencia.