Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Vientre de Dios! ¡Vaya si está bien juzgado! —exclamó desde su rincón el joven estudiante Jehan Frollo del Molino.
El preboste se volvió y clavó de nuevo en Quasimodo sus ojos centelleantes.
—Creo que el bribón ha dicho «vientre de Dios». Escribano, añadid doce dineros parisienses de multa por blasfemia, la mitad de los cuales se destinará a la fábrica de San Eustaquio. Siento una devoción especial por san Eustaquio.
En unos minutos, la sentencia estuvo redactada. El texto era sencillo y breve. La costumbre del prebostazgo y del vizcondado de ParÃs aún no habÃa sido adulterada por el presidente Thibaut Baillet y por Roger Barmne, el abogado del rey. Entonces no se hallaba obstruida por ese alto oquedal de enredos y actuaciones que estos dos jurisconsultos impusieron a principios del siglo XVI. Todo era claro, expeditivo, explÃcito. Se iba directo al grano y se veÃa enseguida al final de cada sendero, sin zarzas y sin recovecos, la rueda, el patÃbulo o la picota. Se sabÃa al menos adónde se iba.
El escribano presentó la sentencia al preboste, que puso en ella su sello y salió para continuar su ronda por las audiencias con una disposición de ánimo que debió de poblar aquel dÃa todas las prisiones de ParÃs. Jehan Frollo y Robin Poussepain reÃan de so capa. Quasimodo contemplaba todo ello con un aire de indiferencia y asombro.