Nuestra Señora de París

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Así se veía todo entonces, sin metafísica, sin exageración, sin cristal de aumento, a simple vista. Aún no se había inventado el microscopio, ni para las cosas de la materia ni para las del espíritu.

Y, aunque asombraran poco, los ejemplos de este tipo de enclaustramiento en el seno de las ciudades eran, en verdad, frecuentes, como decíamos hace un momento. Había en París un número bastante considerable de estas celdas para rezar a Dios y hacer penitencia, y casi todas estaban ocupadas. Es cierto que el clero se ocupaba de que no quedaran vacías, lo que implicaba tibieza en los creyentes, y que cuando no tenían penitentes metían leprosos. Además de la covacha de la Grève, había una en Montfaucon, otra en el osario de los Inocentes, otra no recuerdo dónde, en la residencia Clichon, creo, y otras más en muchos lugares donde, a falta de los monumentos, encontramos vestigios de ellas en las tradiciones populares. La Universidad también tenía la suya. En la montaña de Sainte-Geneviève, una especie de Job de la Edad Media cantó durante treinta años los siete Salmos de la penitencia sobre un estercolero, al fondo de una cisterna, empezando de nuevo cuando había terminado y salmodiando más alto durante la noche, magna voce per umbras,[76] y actualmente el anticuario cree oír todavía su voz al entrar en la calle Puits-qui-parle.[77]


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