Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Esta especie de tumbas no era, por lo demás, cosa muy insólita en las ciudades de la Edad Media. Se veía a menudo, en la calle más concurrida, en el mercado más variopinto y ruidoso, en medio de todo, bajo los cascos de los caballos, bajo las ruedas de las carretas, un sótano, un pozo, un calabozo tapiado y con rejas al fondo del cual rezaba día y noche un ser humano, voluntariamente entregado a un lamento eterno, a una gran expiación. Y todas las reflexiones que hoy nos movería a hacer ese extraño espectáculo, esa horrible celda, suerte de eslabón intermedio entre la casa y la tumba, entre el cementerio y la ciudad, ese vivo sustraído de la comunidad humana y contado desde ese momento entre los muertos, esa lámpara consumiendo su última gota de aceite en la oscuridad, ese resto de vida vacilante en una fosa, esa respiración, esa voz, esa plegaria eterna en una caja de piedra, ese rostro vuelto para siempre hacia el otro mundo, esos ojos ya iluminados por otro sol, ese oído pegado a las paredes de la tumba, esa alma prisionera en ese cuerpo, ese cuerpo prisionero en ese calabozo, y bajo esa doble envoltura de carne y de granito el runruneo de esa alma en pena, nada de todo eso era percibido por la gente. La piedad poco razonadora y poco sutil de aquellos tiempos no veía tantos aspectos en un acto religioso. Tomaba la cosa en bloque y honraba, veneraba y santificaba si era preciso el sacrificio, pero no analizaba los sufrimientos del que lo hacía y se compadecía bastante poco de él. Llevaba de vez en cuando algo de comer al miserable penitente, miraba por el agujero para ver si aún vivía, ignoraba su nombre, apenas sabía cuándo había comenzado a morir, y al forastero que les preguntaba sobre el esqueleto viviente que se pudría en aquel sótano, los vecinos respondían simplemente «Es el recluso», si se trataba de un hombre, o «Es la reclusa», si se trataba de una mujer.