Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Esta celda era famosa en París desde que, hacía casi tres siglos, Rolande de la Tour-Roland, en señal de duelo por su padre, muerto en la cruzada, la había hecho excavar en el muro de su propia casa a fin de encerrarse allí para siempre, no conservar de su palacio más que ese cubículo cuya puerta estaba tapiada y la lucera abierta, tanto en invierno como en verano, y donar el resto a los pobres y a Dios. La desconsolada dama había esperado veinte años la muerte en esa tumba anticipada, rezando noche y día por el alma de su padre, durmiendo sobre cenizas, sin tener siquiera una piedra como almohada, vestida con un saco negro y viviendo únicamente del pan y el agua que la piedad de los transeúntes depositaba en el borde de la lucera, recibiendo así la caridad después de haberla practicado ella misma. A su muerte, en el momento de pasar al otro sepulcro, había legado este a perpetuidad a las mujeres afligidas —madres, viudas o hijas— que tuvieran que rezar mucho por otros o por ellas mismas y que quisieran enterrarse vivas en un gran dolor o en una gran penitencia. Los pobres de su época le habían ofrecido unos hermosos funerales de lágrimas y bendiciones; pero, para su gran pesar, la piadosa hija no había podido ser canonizada santa por falta de protecciones. Aquellos que eran un poco impíos habían confiado en que el asunto se solventaría en el paraíso más fácilmente que en Roma y, simple y llanamente, habían rogado a Dios por la difunta en vez de rogar al papa. La mayoría se había contentado con guardar el recuerdo de Rolande como algo sagrado y hacer reliquias con sus harapos. La ciudad, por su parte, había dedicado a la dama un breviario público, guardado junto a la lucera de la celda a fin de que los transeúntes se detuvieran de vez en cuando, aunque solo fuera para rezar, de que la oración hiciera pensar en la limosna, y de que las pobres reclusas, herederas de la sepultura de Rolande, no muriesen de hambre y de olvido.