Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Dos de estas mujeres iban vestidas como buenas burguesas de París. La fina gola blanca, la falda de tiritaña a rayas rojas y azules, las medias de punto bien estiradas, blancas con la planta del pie, hasta el tobillo, bordada en color, los zapatos cuadrados de piel rojiza con suelas negras y sobre todo el tocado, esa especie de cuerno de oropel sobrecargado de cintas y encajes que todavía llevan las champañesas, rivalizando con los granaderos de la guardia imperial rusa, anunciaban que pertenecían a esa clase de ricas comerciantes que se encuentra a medio camino entre lo que los lacayos llaman «una mujer» y lo que llaman «una dama». No llevaban ni anillos ni cruces de oro, y resultaba fácil ver que en su caso no era un signo de pobreza, sino lisa y llanamente de miedo a la multa. Su compañera iba acicalada más o menos igual, pero sus ropas y su porte tenían ese toque indefinible que huele a esposa de notario de provincias. Se veía, por la manera en que el cinturón le subía por encima de las caderas, que no llevaba mucho tiempo en París. Añádase a esto una gola plisada, lazos en los zapatos, que las rayas de la falda eran horizontales y no verticales, y mil barbaridades más que escandalizaban al buen gusto.
Las dos primeras caminaban con ese paso peculiar de las parisienses que enseñan París a las provincianas. La provinciana llevaba de la mano a un chiquillo rollizo que llevaba en la suya una gran torta.