Nuestra Señora de París

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Lamentamos tener que añadir que, dado el rigor del invierno, este utilizaba la lengua de pañuelo.

El muchacho se hacía arrastrar, non passibus aequis,[83] como dice Virgilio, y tropezaba continuamente, lo que hacía lanzar exclamaciones a su madre. Cierto es que miraba más la torta que el suelo. Sin duda, algún grave motivo le impedía hincarle el diente (a la torta), pues se limitaba a contemplarla con arrobo. Pero la madre debería haberse encargado de la torta. Había cierta crueldad en convertir en un Tántalo al rollizo mofletudo.

Mientras tanto, las tres señoras (pues el nombre de «damas» estaba reservado entonces para las mujeres nobles) hablaban a la vez.

—Apresurémonos, Mahiette —decía la más joven de las tres, que era también la más gorda, a la provinciana—. Temo que lleguemos demasiado tarde. En el Châtelet nos decían que iban a llevarlo inmediatamente a la picota.

—¡Bah! ¿Qué ocurrencia es esa, Oudarde Musnier? —añadía la otra parisiense—. Estará dos horas en la picota. Tenemos tiempo. ¿Habéis visto alguna vez exponer a alguien en la picota, querida Mahiette?

—Sí —dijo la provinciana—, en Reims.

—¡Bah! ¿Qué es vuestra picota de Reims? Una miserable jaula donde solo dan vueltas a campesinos. ¡Menuda cosa!


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