Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Solo a campesinos! —dijo Mahiette—. ¡En el Mercado de Paños! ¡En Reims! ¡Hemos visto allà a grandes criminales, y algunos de ellos habÃan matado a su padre y a su madre! ¡Campesinos! ¿Por quién nos tomáis, Gervaise?
Es indudable que la provinciana estaba a punto de enfadarse por el honor de su picota. Afortunadamente, la discreta Oudarde Musnier desvió a tiempo la conversación.
—Por cierto, Mahiette, ¿qué nos decÃs de nuestros embajadores flamencos? ¿Los tenéis tan apuestos en Reims?
—Reconozco —respondió Mahiette— que únicamente en ParÃs se ven flamencos como esos.
—¿Habéis visto en la embajada a ese embajador alto que es calcetero? —preguntó Oudarde.
—Sà —contesto Mahiette—. Tiene todo el aspecto de un Saturno.
—¿Y a ese gordo cuya cara parece una barriga desnuda? —siguió diciendo Gervaise—. ¿Y a ese bajito de ojos pequeños y párpados enrojecidos, despeluchados y recortados como una flor de cardo?
—¡A sus caballos es a los que da gusto ver, vestidos como van a la moda de su paÃs! —dijo Oudarde.