Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¡Ah, querida! —la interrumpió la provinciana Mahiette, adoptando a su vez un aire de superioridad—. ¿Qué dirÃais, pues, si hubieseis visto en 1461, hace dieciocho años, en la coronación de Reims, los caballos de los prÃncipes y de la compañÃa del rey? Gualdrapas y caparazones de todas clases; unos de paño de Damasco, de fino paño de oro, forrados con piel de marta cibelina; otros de terciopelo, forrados con piel de armiño; otros cargados de orfebrerÃa y de campanas de oro y plata. ¡Y el dinero que habÃa costado todo eso! ¡Y los preciosos pajecillos que iban encima!
—Eso no impide —replicó secamente Oudarde— que los flamencos lleven maravillosos caballos y que ayer organizaran una cena soberbia en casa del señor preboste de los comerciantes, en el Ayuntamiento, donde les sirvieron peladillas, hipocrás, frutas confitadas y aromatizadas con especias y otras singularidades.
—¿Qué decÃs, vecina? —exclamó Gervaise—. Donde cenaron los flamencos fue en casa del señor cardenal, en el Petit-Bourbon.
—¡No! ¡Fue en el Ayuntamiento!
—¡Que sÃ! ¡Que fue en el Petit-Bourbon!
—Mirad si fue en el Ayuntamiento —replicó Oudarde con acritud—, que el doctor Scourable pronunció un discurso en latÃn del que quedaron muy satisfechos. Me lo ha dicho mi marido, que es librero jurado.