Nuestra Señora de París

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—Mirad si fue en el Petit-Bourbon —repuso Gervaise con el mismo acaloramiento—, que puedo deciros lo que les presentó el procurador del señor cardenal: doce cuartillos de hipocrás blanco, clarete y tinto, veinticuatro cofrecillos de mazapán superior de Lyon dorado y seis medias barricas de vino de Beaune blanco y clarete, el mejor que se pudo encontrar. Espero que esto te convenza. Yo lo sé por mi marido, que es cincuentenero[84] en el Parloir-aux-Bourgeois y que esta mañana comparaba a los embajadores flamencos con los del preste Juan y el emperador de Trebisonda que vinieron de Mesopotamia a París en tiempos del rey anterior y que llevaban aros en las orejas.

—Tan cierto es que cenaron en el Ayuntamiento —replicó Oudarde, poco impresionada por ese alarde de detalles— como que jamás se había visto tal abundancia de carnes y peladillas.

—Os digo que fueron servidos por Le Sec, alguacil de la ciudad, en el palacio del Petit-Bourbon, y que es eso lo que os confunde.

—¡En el Ayuntamiento, os lo repito!

—¡En el Petit-Bourbon, querida mía, en el Petit-Bourbon! Mirad si fue allí que habían iluminado con cristales mágicos la palabra «esperanza» que está escrita en la puerta de entrada.

—¡No, no! ¡En el Ayuntamiento! ¡En el Ayuntamiento! ¡No os diré más que Husson le Voir tocaba la flauta!


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