Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—¡Os digo que no!

—¡Pues yo os digo que sí!

—¡Pues yo os digo que no!

La rolliza Oudarde se disponía a replicar, y quizá la discusión las habría llevado a llegar a las manos si Mahiette no hubiera exclamado de pronto:

—¡Fijaos en esa gente que se ha congregado allí, al final del puente! Están todos mirando algo que hay en el centro.

—Es verdad —dijo Gervaise—, oigo tocar la pandereta. Debe de ser la pequeña Esmeralda bailando y haciendo sus juegos con la cabra. ¡Vamos, Mahiette, deprisa! Apretad el paso y tirad del niño. Habéis venido para visitar las curiosidades de París. Ayer visteis a los flamencos; hoy toca ver a la egipcia.

—¡La egipcia! —dijo Mahiette, retrocediendo bruscamente y apretando con fuerza el brazo de su hijo—. ¡Dios me libre! Me robaría a mi hijo. ¡Ven, Eustache!

Y echó a correr por el muelle hacia la Grève hasta que dejó muy atrás el puente. Pero el niño, del que iba tirando, cayó de rodillas, y ella se detuvo, jadeante. Oudarde y Gervaise la alcanzaron.

—¡Robaros esa egipcia a vuestro hijo…! —dijo Gervaise—. Una ocurrencia muy singular es esa.

Mahiette movía la cabeza con aire pensativo.


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