Nuestra Señora de París

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—No os entiendo —dijo Gervaise.

—El Vesle —respondió Mahiette con una sonrisa melancólica— es el río.

—¡Pobre Chantefleurie! —dijo Oudarde, estremeciéndose—. ¡Ahogada!

—Ahogada, sí —prosiguió Mahiette—. ¿Quién le habría dicho al buen Guybertaut, cuando pasaba bajo el puente de Tinqueux cantando en su barca, que un día su pequeña Paquette pasaría también bajo aquel puente, pero sin cantar y sin barca?

—¿Y el zapatito? —preguntó Gervaise.

—Desapareció con la madre —respondió Mahiette.

—¡Pobre zapatito! —dijo Oudarde.

Oudarde, mujer rolliza y sensible, se habría dado por muy satisfecha con suspirar en compañía de Mahiette. Pero Gervaise, más curiosa, no había acabado de hacer preguntas.

—¿Y el monstruo? —dijo de pronto.

—¿Qué monstruo? —preguntó Mahiette.

—El pequeño monstruo egipcio que dejaron las brujas en casa de la Chantefleurie a cambio de su hija. ¿Qué hicisteis con él? Espero que también lo ahogarais.

—No —respondió Mahiette.

—¡Cómo! ¿Lo quemasteis, entonces? En realidad, es más lógico, siendo un niño brujo.


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