Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Estas palabras eran, por así decirlo, el punto de confluencia de dos escenas que hasta entonces se habían desarrollado paralelamente en el mismo momento, cada una en su escenario particular: una, la que acabamos de leer, en el Agujero de las Ratas; la otra, que vamos a leer ahora, en la escalera de la picota. La primera había tenido por testigos únicamente a las tres mujeres que el lector acaba de conocer; la segunda había tenido como espectadores a todo el público que vimos antes congregarse en la plaza de Grève, alrededor de la picota y la horca.
Aquella multitud, a la cual los cuatro alguaciles apostados desde las nueve de la mañana en las cuatro esquinas de la picota habían hecho suponer que iba a tener lugar una ejecución en toda regla, sin duda no un ahorcamiento, más bien un azotamiento, un desorejamiento, algo, en definitiva, aquella multitud, pues, se había incrementado tan deprisa que los cuatro alguaciles, prácticamente cercados, se habían visto más de una vez en la necesidad de «apiñarla», como se decía entonces, haciendo uso delboullaye[86] y de la grupa de los caballos.