Nuestra Señora de París

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Aquella chusma, habituada a la espera de las ejecuciones públicas, no manifestaba demasiada impaciencia. Se entretenía mirando la picota, una especie de monumento muy simple compuesto por un cubo de fábrica de unos diez pies de alto, con el interior hueco. Unos escalones muy empinados de piedra sin labrar, conocidos como «la escalera» por antonomasia, daban acceso a la plataforma superior, en la que se veía una rueda horizontal de madera de roble maciza. Se ataba al condenado a esta rueda, de rodillas y con los brazos tras la espalda. Un eje de madera, accionado por un cabrestante oculto en el interior del pequeño edificio, hacía girar la rueda, que permanecía en el plano horizontal y de esta forma presentaba sucesivamente la cara del condenado a todos los puntos de la plaza.

Como puede verse, la picota de la Grève distaba mucho de ofrecer todas las distracciones de la picota de Les Halles. Nada había en ella de arquitectural. Nada había en ella de monumental. No tenía ni tejado con cruz de hierro, ni linterna octogonal, ni frágiles columnillas que al llegar al borde del tejado se abrían en capiteles de acantos y flores, ni canalones quiméricos y monstruosos, ni armazón cincelado, ni fina escultura profundamente tallada en la piedra.

Había que contentarse con aquellas cuatro paredes de mampuestos con dos trashogueros de barro cocido, y una miserable horca de piedra, escuálida y desnuda, al lado.


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