Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Quasimodo, impasible, no pestañeaba. Le habían imposibilitado oponer la más mínima resistencia mediante lo que entonces llamaban, en el estilo de la cancillería criminal, «la vehemencia y la firmeza de las ataduras», lo que significa que probablemente las tiras de cuero y las cadenillas se le clavaban en la carne. Es esta, por lo demás, una tradición en presidios y galeras que no se ha perdido y que las esposas conservan aún celosamente entre nosotros, pueblo civilizado, apacible, humano (penal y guillotina entre paréntesis).
El jorobado se había dejado llevar y empujar, trasladar, encaramar, atar y encadenar. Nada se traslucía en su expresión salvo un pasmo de salvaje o de idiota. Se sabía que era sordo; parecía también ciego.
Lo pusieron de rodillas sobre la plancha circular; él se dejó poner. Le quitaron camisa y jubón para dejarlo desnudo de cintura para arriba; él se dejó hacer. Lo encabestraron con un nuevo sistema de correas y hebijones; él se dejó hebillar y atar. Solo de vez en cuando resoplaba ruidosamente, como un buey cuya cabeza cuelga y se balancea en el borde de la carreta del carnicero.
—¡Será zopenco! —dijo Jehan Frollo del Molino a su amigo Robin Poussepain (pues los dos estudiantes, como era de esperar, habían seguido al reo)—. ¡Entiende tanto lo que pasa como un abejorro encerrado en una caja!