Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Una risa incontenible cundió entre la muchedumbre cuando vieron al desnudo la joroba de Quasimodo, su pecho de camello, sus hombros callosos y peludos. En medio de aquel griterío, un hombre con la librea de la ciudad, de baja estatura y aspecto robusto, subió a la plataforma y se colocó junto al condenado. Su nombre no tardó en circular entre el público. Era maese Pierrat Torterue, torturador jurado del Châtelet.
Empezó por colocar en una de las esquinas de la picota un reloj de arena negro, cuya cápsula superior estaba llena de arena roja que iba cayendo en el recipiente inferior; después se quitó el sobretodo de dos colores y lo vieron coger con la mano derecha un látigo fino y afilado de largas tiras blancas, relucientes, nudosas, trenzadas y provistas de uñas metálicas. Con la mano izquierda doblaba despreocupadamente la manga derecha de su camisa hasta la axila.
Mientras tanto, Jehan Frollo gritaba levantando su cabeza rubia y rizada por encima de la multitud (para ello se había subido a los hombros de Robin Poussepain):
—¡Señores, señoras, venid a ver! ¡Van a flagelar perentoriamente a maese Quasimodo, el campanero de mi hermano el arcediano de Josas, una extravagante construcción oriental con cúpula a modo de espalda y columnas salomónicas a modo de piernas!
Y la multitud no paraba de reír, sobre todo los niños y las muchachas.