Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Finalmente, el torturador dio un golpe con el pie. La rueda empezó a girar. Quasimodo se tambaleó entre las ataduras. El estupor que se pintó bruscamente en su rostro deforme hizo redoblar las carcajadas.
De repente, en el momento en que la rueda, al girar, presentó a maese Pierrat la espalda montuosa de Quasimodo, el verdugo levantó el brazo y las finas correas silbaron estridentemente en el aire como un puñado de culebras y cayeron con furia sobre los hombros del miserable.
Quasimodo saltó sobre sí mismo, como si se hubiera despertado sobresaltado. Empezó a comprender lo que estaba pasando. Se debatió entre las ataduras; una violenta contracción de sorpresa y de dolor descompuso los músculos de su cara, pero no profirió ni un lamento. Tan solo volvió la cabeza hacia atrás, moviéndola de derecha a izquierda como un toro al que un tábano ha picado en un costado.
Un segundo golpe siguió al primero, después un tercero, y otro, y otro más… La rueda no cesaba de girar y los golpes no cesaban de llover. Muy pronto empezó a manar sangre, la vieron correr en mil hilillos por los negros hombros del jorobado, y las cortantes correas del látigo, en su rotación que rasgaba el aire, la esparcían en gotas sobre la multitud.