Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Quasimodo había recobrado, al menos aparentemente, su impasibilidad inicial. Primero había intentado sordamente, sin un gran forcejeo exterior, romper sus ataduras. Habían visto encenderse sus ojos, endurecerse sus músculos, contraerse sus miembros, y tensarse las correas y las cadenillas. El esfuerzo era enorme, prodigioso, desesperado; pero los viejos instrumentos de tortura del prebostazgo resistieron. Crujieron y nada más. Quasimodo, exhausto, se dio por vencido. El estupor dejó paso en su semblante a un sentimiento de amargo y profundo desaliento. Cerró su único ojo, dejó caer la cabeza sobre el pecho y se hizo el muerto.
A partir de ese momento, no se movió. Nada logró arrancarle un solo movimiento. Ni la sangre, que no paraba de manar, ni los golpes cada vez más furiosos, ni la cólera del torturador, que se excitaba y embriagaba con la ejecución, ni el ruido de las horribles correas, más aceradas y silbantes que patas de insecto.
Por fin, un ujier del Châtelet vestido de negro y montado en un caballo negro, inmóvil junto a la escalera desde el comienzo de la ejecución, extendió su vara de ébano hacia el reloj de arena. El torturador se detuvo. La rueda se detuvo. El ojo de Quasimodo se abrió lentamente.