Nuestra Señora de París

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La flagelación había terminado. Dos lacayos del torturador jurado lavaron la ensangrentada espalda del reo, la frotaron con no sé qué ungüento que cerró al instante todas las heridas y le echaron sobre los hombros una especie de paño amarillo con forma de casulla. Entre tanto, Pierrat Torterue sacudía sobre el suelo las correas rojas, empapadas de sangre.

No todo había acabado, sin embargo, para Quasimodo. Todavía le quedaba soportar aquella hora de picota que maese Florian Barbedienne había añadido tan juiciosamente a la sentencia de micer Robert d’Estouteville, todo para mayor gloria del viejo juego de palabras fisiológico y psicológico de Comenio:Surdus absurdus.[87]

Así pues, le dieron la vuelta al reloj de arena y dejaron al jorobado atado sobre la plancha para que se hiciera justicia hasta el final.

El pueblo, sobre todo en la Edad Media, es en relación con la sociedad lo que es el niño en relación con la familia; mientras permanece en ese estado de ignorancia primera, de minoría moral e intelectual, se puede decir de él lo mismo que del niño:

Esa edad es despiadada.


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