Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Ya hemos señalado que Quasimodo era objeto del odio general, por más de una razón, es verdad. Apenas habÃa un espectador en aquella multitud que no tuviera o no creyera tener motivos para quejarse del malvado jorobado de Notre-Dame. La alegrÃa habÃa sido universal al verlo aparecer en la picota, y el rudo castigo que acababa de sufrir y la terrible posición en la que lo habÃan dejado, lejos de enternecer al populacho, habÃan hecho su odio más cruel al armarlo con un dardo de alegrÃa.
Por eso, una vez la vindicta pública satisfecha, como dicen todavÃa hoy los doctores, llegó el momento de las mil venganzas particulares. AllÃ, al igual que en la Gran Sala, estallaban sobre todo las mujeres. Todas le guardaban rencor por algo: unas por su malicia, otras por su fealdad. Estas últimas eran las más furiosas.
—¡Máscara del Anticristo! —decÃa una.
—¡Cabalgador de mango de escoba! —gritaba otra.
—¡Vaya mueca trágica! —aullaba una tercera—. ¡Te valdrÃa ser nombrado papa de los locos, si hoy fuera ayer!
—SÃ, sà —añadÃa una vieja—. Pero esa es la mueca de la picota. ¿Cuándo veremos la de la horca?
—¿Cuándo te pondrán la campana mayor por sombrero a cien pies bajo tierra, maldito campanero?
—¡Y este diablo es quien toca el ángelus!
—¡Sordo! ¡Tuerto! ¡Jorobado! ¡Monstruo!