Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Primero recorrió lentamente la multitud con mirada amenazadora. Pero, agarrotado como estaba, su mirada fue impotente para espantar esas moscas que hurgaban en su herida. Entonces se revolvió bajo las ligaduras, y sus movimientos furiosos hicieron chirriar sobre sus ejes la vieja rueda de la picota. Todo esto hizo que las mofas y los abucheos se redoblaran.
En vista de que no podía romper su collar de fiera encadenada, el miserable se apaciguó. Solo de cuando en cuando un suspiro de rabia elevaba todas las cavidades de su pecho. No había en su semblante ni vergüenza ni sonrojo. Se encontraba demasiado lejos del estado de ser social y demasiado cerca del de criatura natural para saber lo que es la vergüenza. Por lo demás, en semejante grado de deformidad, ¿se es sensible a la infamia? No obstante, la cólera, el odio y la desesperación hacían descender lentamente hacia aquel rostro repulsivo una nube cada vez más negra, cada vez más cargada de una electricidad que estallaba en mil relámpagos en el ojo del cíclope.