Nuestra Señora de París

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Aquella nube, sin embargo, se aclaró por un momento al atravesar la multitud una mula que llevaba en su grupa a un sacerdote. En cuanto vio desde lejos esa mula y a ese sacerdote, el semblante del pobre reo se dulcificó. Al furor que lo contraía le sucedió una sonrisa extraña, llena de una dulzura, de una docilidad y de una ternura inefables. A medida que el sacerdote se acercaba, esa sonrisa se hacía más abierta, más clara, más radiante. Era como si el desdichado celebrara la llegada de un salvador. Sin embargo, en el momento en que la mula estuvo lo bastante cerca de la picota para que el que iba a lomos de ella pudiera reconocer al condenado, el sacerdote bajó los ojos, dio media vuelta bruscamente y espoleó a la mula, como si tuviera prisa por librarse de reclamaciones humillantes y muy poco interés en ser saludado y reconocido por un pobre diablo en semejante situación.

Aquel sacerdote era el arcediano don Claude Frollo.

La nube volvió a caer, más negra, sobre la frente de Quasimodo. La sonrisa todavía permaneció un rato en su rostro, pero era una sonrisa amarga, decepcionada, profundamente triste.

El tiempo pasaba. Estaba allí desde hacía por lo menos una hora y media, desgarrado, maltratado, escarnecido sin descanso y casi lapidado.


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