Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París De pronto se revolvió otra vez entre sus cadenas con tal desesperación que hizo temblar toda la estructura que lo sostenía y, rompiendo el silencio que había mantenido obstinadamente hasta entonces, gritó con una voz ronca y furiosa que parecía más un ladrido que un grito humano y que cubrió el ruido de los abucheos:
—¡Agua!
Aquella exclamación angustiada, lejos de despertar compasión, supuso un incremento de diversión para el buen vulgo parisino que rodeaba la escalera y que, preciso es decirlo, tomado en masa y como multitud, no era entonces mucho menos cruel ni estaba menos embrutecido que esa horrible tribu de truhanes a cuyo territorio ya hemos llevado al lector y que era, simple y llanamente, la capa más baja del pueblo. Ni una voz se elevó alrededor del desventurado reo sino para burlarse de su sed. Cierto es que en aquel momento su estado era más grotesco y repulsivo que lastimoso, con la cara enrojecida y chorreante, la mirada extraviada, la boca espumeante de cólera y de sufrimiento, y la lengua medio colgando. Hay que decir también que, aunque se hubiera hallado entre el gentío alguna alma caritativa de burgués o burguesa que se hubiera sentido tentada de llevar un vaso de agua a aquella miserable criatura en pena, reinaba alrededor de los escalones infames de la picota tal prejuicio de vergüenza y de ignominia que eso habría bastado para hacer retroceder al buen samaritano.