Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Al cabo de unos minutos, Quasimodo recorrió la multitud con una mirada de desesperación y repitió con una voz todavÃa más desgarradora:
—¡Agua!
La gente no paraba de reÃr.
—¡Bebe esto! —gritó Robin Poussepain, tirándole a la cara una esponja mojada en el arroyo—. ¡Toma, asqueroso sordo! Estás en deuda conmigo.
Una mujer le tiró una piedra a la cabeza.
—Esto te enseñará a despertarnos por la noche con tus malditas campanas.
—¿Qué dices ahora? —vociferó un tullido haciendo un esfuerzo para alcanzarlo con la muleta—. ¿Seguirás echándonos conjuros desde lo alto de las torres de Notre-Dame?
—¡Aquà tienes una escudilla para beber! —añadió un hombre arrojándole una jarra rota contra el pecho—. ¡Fuiste tú quien, solo con pasar por delante de ella, hiciste parir a mi mujer un niño con dos cabezas!
—¡Y a mi gata, un gato con seis patas! —chilló una vieja lanzándole una teja.
—¡Agua! —repitió por tercera vez Quasimodo, jadeante.