Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En ese momento vio a la gente apartarse. Una muchacha extrañamente vestida salió de entre la multitud. La acompañaba una cabrita blanca con los cuernos dorados y llevaba una pandereta en la mano.
El ojo de Quasimodo centelleó. Era la gitana a la que había intentado raptar la noche anterior, agresión por la que él sentía confusamente que estaban castigándolo en ese mismo momento; cosa que, por lo demás, no podía estar más lejos de la realidad, pues se le había castigado únicamente por tener la desgracia de ser sordo y de haber sido juzgado por un sordo. No le cupo ninguna duda de que ella iba a vengarse también y a propinarle un golpe, como todos los demás.
La vio, en efecto, subir rápidamente la escalera. La cólera y el despecho lo ahogaban. Habría deseado poder derribar la picota, y si el centelleo de su ojo hubiera podido fulminar, la egipcia habría sido reducida a polvo antes de llegar a la plataforma.
Ella, sin decir una palabra, se acercó al reo, que se retorcía en vano para escapar a su ataque, y, soltando una calabaza que llevaba atada a la cintura, la acercó con cuidado a los labios resecos del desdichado.
Entonces, en aquel ojo hasta entonces tan seco y encendido, vieron aparecer una gruesa lágrima que rodó lentamente por el rostro deforme y ya largo rato contraído por la desesperación. Era tal vez la primera que el infortunado había vertido jamás.