Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Hasta olvidaba beber. La egipcia hizo su característico mohín con impaciencia y, sonriente, apoyó el cuello de la calabaza en la boca dentuda de Quasimodo.
Este bebió dando largos tragos. Su sed era ardiente.
Cuando hubo terminado, el miserable alargó sus labios oscuros, sin duda para besar la hermosa mano que acababa de socorrerlo. Pero la joven, que quizá sentía cierta desconfianza y recordaba la violenta tentativa de la noche anterior, retiró la mano con el gesto asustado de un niño que teme ser mordido por un animal.
Entonces el pobre sordo clavó en ella una mirada llena de reproche y de una tristeza infinita.
En cualquier lugar del mundo habría sido un espectáculo conmovedor el de esta bella muchacha, fresca, pura, encantadora y al mismo tiempo tan débil, acudiendo compasivamente en auxilio de tanta miseria, deformidad y maldad. En una picota, el espectáculo era sublime.
Aquella misma multitud se sintió embargada de emoción y se puso a aplaudir gritando:
—¡Bravo! ¡Bravo!
Fue en ese momento cuando, desde la lucera de su agujero, la reclusa vio a la egipcia en la picota y le lanzó su siniestra imprecación:
—¡Maldita seas, hija de Egipto! ¡Maldita! ¡Maldita!